Metaverso: «Números ocultos»

Fumábamos con Chester, Chris y Mac, mientras hacíamos una pausa de las locuras animadas que nuestro planeta nos entregaba.

Lo raro, es que ellos fallecieron hace bastante tiempo.

Fue mi cara de confundido la causante de la respuesta de quienes, al menos de manera onírica, fumaban conmigo.

Tranquilo hermano. Acá, el tiempo no corre. Tu presente ocurrió en el pasado, y lo que leerás, ha sido parte del futuro.

Dijo Chris, mientras enrolaba un tabaco y Mac soltaba una carcajada traída del mismo pluscuamperfecto.

Chester, silente, prendió una pantalla que tenía a su lado.

Ésta era particularmente antigua, como los televisores de tubo fabricados a mediados del siglo XX. Tras el zumbido el tubo de rayos catódicos, la pantalla se inició lentamente, aunque su imagen termindó siendo tan nítida como mirar a través de tu ventana.

No entiendo. Ella tenía buena salud y aún así, fue otro número más de los fallecidos con el corona virus».

le decía un trabajador de la salud a una enfermera, mientras recogían el cadáver de A.Y.

Con ella, se cumplían 100 mil personas fallecidas por la pandemia que asolaba a un planeta interconectado como nunca, donde la evolución de los realities encontró una macabra forma mediante redes sociales e Internet.

Desperté solo para encontrarme con el conteo de muertos y enfermos diario; los múltiples consejos de expertos y charlatanes; así como las desopilantes inoperancias gubernamentales con tan solo prender cualquier pantalla, análoga o digital.

Tras apagar todo, me dispuse a salir a una fila en la cuna del neoliberalismo -donde hay tantas filas como en el socialismo para buscar alimentos-, cuando de pronto el silencio de mi camino fue roto por una voz conocida con rostro indefinido:

«Una mujer de 37 años, sin antecedentes previos de salud, ha sido identificada como la víctima número 100 mil fallecida por el virus. En Nueva York, construyen nuevas fosas comunes para los cadáveres que no paran de asomarse en la ciudad que hasta hace poco, nunca dormía…»

Sonaba en una radio ajena un periodista añejo.

Y mientras se alejaba esa voz, en mi cabeza se repetía una pregunta continuamente, como si fuera tu lista favorita de canciones.

¿Por qué el covid-19 era más agresivo

con personas de mediana edad?

Y todos lo sabíamos, pero hicimos lo mejor que sabe hacer el ser humano.

Los Larrys

Al igual que «el fallecido 100 mil», son varios humanos que usaron y usarán el virus para finalizar sus atribuladas existencias, ocultando la pena y rabia que los llevaron a esa trágica decisión, en aquellos números que día a día, escuchamos de Ministerios y Secretarías de Salud.

El problema no terminó ahí. El personal de salud, al ver las magras condiciones para combatir la enfermedad y los escasos esfuerzos para educar a la población, también empezó a deprimirse.

La «primera línea» de la emergencia sanitaria vio cómo el virus era implacable con todos y cada uno. Mientras la sociedad observaba -con horror- aquellas decisiones ejecutivas que cometían los gobiernos más neoliberales del mundo, ofreciéndonos créditos económicos en vez de políticas sanitarias más firmas para combatir esta enfermedad.

Así fue como nadie la vio venir.

Fue silente, como el gas ninja (silencioso pero mortal) que inhalas de tu pareja o en la vía pública. La depresión fue culpable en disminuir las defensas de muchos, cayendo contagiados como moscas envenenadas.

Aunque ya nada importa. Total, serán parte de los números ocultos en una pandemia.

Otro día más y vuelvo a la cama. Mientras agradezco estar sano, caigo inconsciente en otro sueño, donde alguien me comentaba por qué éste, sería su año.